El precursor

Stephan Schmidheiny fue una de las primeras voces en entender el medio ambiente, la economía y el desarrollo como una tarea común. En la Cumbre de la Tierra de Río de 1992 convirtió a la economía en coprotagonista del desarrollo sostenible. De ahí surgió una institución: el World Business Council for Sustainable Development. Y a través de la OCDE, ese enfoque acabó incorporándose a la política económica internacional.

Así, una convicción se transformó en un modelo, una iniciativa en una organización y una idea en un principio rector que sigue produciendo efectos hasta hoy.

La Cumbre de la Tierra 1992

Cómo la sostenibilidad se convirtió en una tarea común de la política y la economía

Cuando en junio de 1992 representantes de 179 Estados se reunieron en Río de Janeiro en la primera Cumbre de la Tierra de las Naciones Unidas, se impuso una convicción: la destrucción del medio ambiente, el desarrollo económico y las cuestiones sociales ya no podían considerarse por separado. De esa comprensión nació el modelo del desarrollo sostenible, que hasta hoy marca la política internacional de medio ambiente y desarrollo.

Sin embargo, quedaba abierta una pregunta decisiva: ¿qué papel debía desempeñar la economía en ello?

Hasta bien entrados los años ochenta, la protección del medio ambiente se entendía sobre todo como una tarea de los Estados. En muchos lugares, las empresas se consideraban causantes de los problemas más que parte de la solución. Justo en ese punto intervino Stephan Schmidheiny.

Un encuentro en un transbordador

En 1990, Maurice Strong, secretario general de la Cumbre de la Tierra, y Stephan Schmidheiny viajaban en el mismo barco hacia Noruega, donde se celebraba en Bergen una conferencia preparatoria. Durante meses, Strong había buscado una personalidad del mundo empresarial capaz de hablar con credibilidad en favor de la conferencia. En Bergen, Schmidheiny pronunció un discurso en el que calificó el desarrollo sostenible como uno de los avances más importantes en la relación entre el ser humano y la naturaleza, y al mismo tiempo exigió que los costes del deterioro ambiental se reflejaran en la contabilidad de las empresas.

Strong quedó convencido. Nombró a Stephan Schmidheiny su asesor principal para empresas e industria y le encargó introducir la voz de la economía en la preparación de la conferencia.

La economía como protagonista

Stephan Schmidheiny no quería simplemente representar a la economía. Quería demostrar que las empresas pueden tener un interés propio en usar los recursos con mayor eficiencia, reducir el impacto ambiental y pensar a largo plazo. La sostenibilidad no debía entenderse como lo contrario del éxito económico, sino como su condición previa.

Para hacer visible esa perspectiva, en 1991 fundó el Business Council for Sustainable Development (BCSD). En poco tiempo, el consejo reunió a alrededor de cincuenta directivos de empresa de distintos continentes y sectores. Por primera vez, un grupo internacional de líderes empresariales formuló una visión común sobre cómo pueden las empresas contribuir al desarrollo sostenible.

El 5 de junio de 1992, Stephan Schmidheiny habló ante el plenario de la Cumbre de la Tierra como presidente del BCSD. Lo que formuló en su discurso era una exigencia dirigida a ambas partes: «Las empresas deben dejar atrás el lobby tradicional ejercido por la puerta trasera; los gobiernos deben dejar atrás su confianza excesiva en mandatos y prohibiciones.» Lo necesario, sostuvo, eran negociaciones abiertas entre la economía y los gobiernos para encontrar la combinación adecuada de instrumentos de mercado, regulación estatal y autorregulación. Por primera vez, en una conferencia mundial un empresario ocupaba la tribuna no para pedir excepciones, sino para reclamar una responsabilidad compartida.

Un libro que cambió el debate

El resultado más importante de esa colaboración fue el libro Changing Course, publicado pocas semanas antes de la Cumbre de la Tierra. En lugar de un informe de conferencia convencional surgió una obra programática que describía la contribución de la economía al desarrollo sostenible desde la perspectiva empresarial.

Changing Course se tradujo a numerosos idiomas y vendió más de 55 000 ejemplares solo hasta agosto de 1992. La publicación tuvo una amplia recepción internacional y sigue considerándose uno de los libros más influyentes sobre el papel de la economía en el desarrollo sostenible. Décadas más tarde continúa siendo citada con regularidad en la ciencia y en la práctica.

Del cambio de rumbo a la financiación del cambio

Con Changing Course la discusión no quedó cerrada. Porque si las empresas han de actuar de forma más sostenible, también deben avanzar quienes les facilitan el capital.

En 1996, Stephan Schmidheiny publicó, junto con el empresario argentino Federico Zorraquín, Financing Change. El libro examinaba el papel de bancos, inversores y aseguradoras en el desarrollo sostenible y defendía la incorporación sistemática de los factores ecológicos en las decisiones económicas.

Para la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, en 2002, apareció Walking the Talk. The Business Case for Sustainable Development. Junto con Chad Holliday y Philip Watts, Schmidheiny mostró, con ejemplos concretos de empresas, que el éxito económico, la responsabilidad ecológica y el progreso social no se excluyen, sino que pueden reforzarse mutuamente.

El llamamiento de Río se había convertido así en un modelo práctico y de financiación para una economía sostenible.

De Río a la Agenda 2030

En Río se abrieron a la firma la Convención Marco sobre el Cambio Climático y el Convenio sobre la Diversidad Biológica. Se aprobó además la Agenda 21, el primer programa de acción mundial para el desarrollo sostenible. Veinte años después, la conferencia de seguimiento Río+20 impulsó su continuación; en 2015, las Naciones Unidas aprobaron la Agenda 2030 con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible.

El legado más importante de la Cumbre de la Tierra fue, sin embargo, un cambio de perspectiva: la sostenibilidad dejó de entenderse exclusivamente como tarea de los gobiernos. También las empresas se convirtieron en actores del cambio.

La aportación del BCSD radicó menos en la letra de los acuerdos que en lo que hizo posible: por primera vez, la economía internacional se presentó con una posición propia, constructiva y respaldada globalmente sobre el desarrollo sostenible. Desde entonces, los gobiernos no solo tenían que regular a las empresas, sino también incorporarlas al debate como socias. Que hoy miles de empresas en todo el mundo rindan cuentas de su contribución a los objetivos de la Agenda 2030 es una continuación de esa evolución.

Mucho de lo que el BCSD reclamaba a comienzos de los años noventa forma hoy parte del estándar de una gestión empresarial sostenible: la incorporación de los costes ambientales en los precios, la fijación de un precio a las emisiones de CO₂, las cadenas de valor sostenibles, la consideración de los riesgos ecológicos en los mercados financieros o el anclaje de la sostenibilidad en la dirección de la empresa. También el concepto de ecoeficiencia sigue formando parte del vocabulario de la economía sostenible.

Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible

Cómo una iniciativa se convirtió en una institución global

Después de la Cumbre de la Tierra quedaba abierto si el BCSD debía seguir existiendo. Su mandato original estaba cumplido. Sin embargo, los miembros decidieron continuar la colaboración. Estaban convencidos de que el desarrollo sostenible no podía alcanzarse con una sola conferencia, sino que requería un diálogo permanente entre economía, política y sociedad.

En 1995, de la fusión del BCSD con el World Industry Council for the Environment nació el World Business Council for Sustainable Development (WBCSD), con sede en Ginebra. Lo que había comenzado como un consejo empresarial para la Cumbre de la Tierra se convirtió en una organización internacional permanente. De unas 120 empresas fundadoras surgió una red global de más de 250 empresas en la actualidad. En el año 2000, Stephan Schmidheiny fue nombrado presidente honorario del WBCSD.

Una institución que ha permanecido

Pocas iniciativas creadas para preparar una conferencia internacional siguen existiendo décadas después. El WBCSD es una de esas excepciones.

Hoy sus empresas miembro trabajan en temas como la protección del clima, la economía circular, la biodiversidad y las cadenas de suministro sostenibles.

En ello se reconoce un rasgo central de la obra de Stephan Schmidheiny: no se limitó a formular ideas. Creó instituciones que perduraron más allá del motivo para el que fueron concebidas y que siguen desplegando su efecto hasta hoy. De un consejo asesor para la Cumbre de la Tierra de Río surgió una organización que contribuye a configurar el debate sobre sostenibilidad en la economía internacional desde hace más de tres décadas.

OECD High Level Advisory Group on the Environment

Un informe de 1997 y un nuevo principio rector para la OCDE

Que hoy la OCDE piense conjuntamente la política económica, ambiental y social se remonta a un cambio de rumbo de finales de los años noventa. El impulso provino de un grupo independiente de expertos, copresidido por Stephan Schmidheiny, que presentó un informe en noviembre de 1997 y formuló una recomendación que iba mucho más allá de la política ambiental.

Una mirada desde fuera

La OCDE era entonces una agrupación de 29 países industrializados cuyo trabajo se orientaba ante todo al crecimiento económico. La sostenibilidad se consideraba un asunto de las carteras de medio ambiente, no una cuestión de política económica. El Secretario General Donald J. Johnston quiso cuestionar esa separación y convocó en 1997 la High Level Advisory Group on the Environment.

La presidencia recayó en Stephan Schmidheiny y en Jonathan Lash, presidente del World Resources Institute. Desde la Cumbre de la Tierra de Río de 1992, Stephan Schmidheiny venía defendiendo en el plano internacional que la política ambiental y la económica no son opuestas, sino una tarea común. Con ese bagaje aportó una perspectiva todavía poco extendida en la política económica internacional de la época.

El grupo se integró deliberadamente con personalidades de la economía, la ciencia y la sociedad civil, con el encargo de mirar a la Organización desde fuera.

La recomendación decisiva

El grupo de expertos no se limitó a propuestas para ámbitos concretos. Recomendó una reinterpretación del mandato de la OCDE: la sostenibilidad debía convertirse en el principio rector transversal de la Organización. El crecimiento económico solo es viable a largo plazo, sostuvo, si preserva tres formas de capital: el capital humano, el capital natural y el capital económico.

Para ello hacía falta un marco que integrara la política económica, ambiental y social en lugar de yuxtaponerlas. La recomendación cuestionaba de raíz la forma de trabajo establecida en la OCDE y exigía a sus distintos comités una orientación común.

Lo que se derivó de ello

El informe sirvió de base para la Reunión Ministerial de la OCDE de 1998. Los Estados miembros declararon el desarrollo sostenible prioridad estratégica y encomendaron a la Organización un mandato de trabajo plurianual, resumido en el documento de trabajo «OECD Work on Sustainable Development» de 1998. De ahí surgieron los primeros enfoques de medición de la sostenibilidad en el conjunto de la OCDE, así como la publicación «Sustainable Development: Critical Issues».

En los años siguientes, la sostenibilidad se fue integrando paso a paso en el trabajo de la OCDE, mediante indicadores, exámenes por países y programas transversales. Más adelante, el enfoque se incorporó a la Estrategia de Crecimiento Verde y a la aplicación de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas.

El efecto hasta hoy

La sostenibilidad ya no es un tema marginal en la OCDE, sino parte de cómo entiende su propio papel en la política económica. Ahí precisamente la había situado el Advisory Group en 1997.

Con la OECD High Level Advisory Group on the Environment, Stephan Schmidheiny contribuyó a trasladar al nivel de una de las organizaciones de política económica más importantes del mundo una concepción de la sostenibilidad que ya había defendido en la economía y en la política internacional.

El ejemplo de la OCDE muestra lo que puede lograr un órgano consultivo cuando no se limita a formular recomendaciones, sino que cuestiona supuestos fundamentales: un informe sin fuerza jurídica contribuyó a transformar de forma duradera la autocomprensión de una organización internacional.